#Opinión:
Columna del General Humberto Seijas Pittaluga @seijaspitt
Sesquipedalia
El bolívar en la unidad de
cuidados intensivos
Este
régimen es despreciable por muchísimas razones.
Pero una de las más resaltantes es la de haber acabado con la
economía. Del colapso de esta se derivan
casi todas las demás calamidades que azotan al país: la fuga de cerebros, la
emigración de cinco millones de compatriotas, la carestía de los bienes
esenciales de consumo, las infinitas tribulaciones que causan los apagones y la
falta de agua, las crisis en las instituciones que hasta ese momento habían
tenido comportamientos más que aceptables (Pdvsa, las FAN, el BCV, etc.), el
deterioro de la vida en sociedad, la pudrición del aparato policial y pare
usted de contar.
Las
conversaciones diarias ya no son acerca del peligro del bicho chino y a quiénes
ya agarró entre los conocidos, ni si Trump ganó o perdió; ni siquiera de lo desenfrenados
que están los malandros. Ahora todas se
refieren a la economía (doméstica, pero economía al fin): lo raudo que van
subiendo en los supermercados los precios de los alimentos y demás
requerimientos hogareños, de cuántos meses sin cocinar con gas tenemos, lo mala
y cara que está la gasolina importada —porque los ineptos no son capaces de
producir algo que ya exportábamos a mediados del siglo pasado: combustibles.
Todo,
por la infame, nefasta, combinación en el poder de unos “socialistas” obcecados
en que todos debemos ser iguales (sin importar los méritos hechos para
sobresalir en algo) y, por tanto, hay que emparejar por debajo; con unos
politicuchos que creen legítimo gastar hasta lo que no se tiene para complacer
a sus amos allende el mar (cubanos, chinos, rusos, iraníes) y comprar amigos
internacionales; más unos corruptos que no les importa si el país se va al
diablo con tal de no ser tan iguales como preconizan los ilusos nombrados de
primero.
Todas
sus acciones han matado al signo monetario de toda la vida y que impone la
Constitución. Pero ellos actúan al igual
que algunos galenos poco escrupulosos que, a sabiendas de que el paciente ya
está legalmente muerto, lo mantienen artificialmente con vida en la UCI para
seguir expoliando a los familiares (ya casi deudos). El régimen continúa dándole oxígeno al
bolívar para poder seguir pagando la abultada nómina y a la recua de sigüíes
que mantienen nariceados a punta de bonos con el mal llamado “carnet de la
patria”. Crean la ilusión de que gastan,
cancelan y remuneran. Pero con unos
billetes que no cuentan con respaldo, solo con la complicidad de la junta
directiva del Banco Central. Unos
individuos que tienen la responsabilidad constitucional de preservar la solidez
del signo monetario pero que se han doblegado (uno sospecha las razones) y se
han convertido en meros acólitos del mondongudo usurpador y sus cómplices.
Unos
billetes que ni bien hechos son: pálidos, como si quisieran ahorrar la tinta
para poder imprimir más. Y que tampoco
es que circulen mucho. Si no fuera por
las transferencias, los pronto-pago y los pago-móvil ya la economía se hubiera
terminado de paralizar.
El
bolívar, en términos prácticos, ya no existe.
Es indefendible. En el pasado propuse
este reto: vayan a una agencia de fotocopiado y pida que le hagan un facsímil a
un billete de 50 mil. Después pregunten
cuánto costó la copia… Aquel, para todos
los efectos prácticos, fue reemplazado por el dólar estadounidense; toda la
población y los agentes económicos han adoptado al dólar como moneda funcional. Ya no es más un asunto de economistas o
especialistas monetarios; es de la gente ordinaria que entiende que debe
defenderse. Hasta el tipo que le mide la
presión de los cauchos a uno quiere cobrar en dólares. Pero como es un pobre ignaro que no sabe el
valor real de sus servicios (y como no han comenzado a circular los quarters,
dimes y nickels), pide un dólar.
¡Por lo que, cada caucho revisado sale en no menos de doscientos mil
bolívares! La deformación es tal que, si
solo revisara un carro al día; al final del mes ya hubiera ganado más que un
profesor universitario, o que un general retirado…
Nos
maravillábamos de que hubiese países, como El Salvador u Honduras, que vivieran
de las remesas enviadas por quienes estaban de inmigrantes de algún país del
primer mundo. Hasta que nos tocó a
nosotros. Hace un montón de años, le
escuché a Orlando Ochoa que los países se hacen ricos por su capital humano y
el ahorro nacional. Que son los dos
recursos, ¿renovables, no renovables?, que Venezuela está exportando
masivamente. La cosa se ha empeorado de
esa fecha para acá. Y ahora somos los
nuevos salvadoreños u hondureños: esperando que llegue lo que pudo remitir el
pariente (quizá quitándose el trozo de la boca para aliviar a los menesterosos
que dejó atrás.
Leo
por ahí que se estima que en Venezuela hay circulando una masa de dólares que sobrepasa
los dos mil millones. Vale decir
—tomando en cuenta que solo quedamos unos veinticinco millones habitando en
Venezuela—, que hay un promedio de ochenta por cabeza. Que estén mal repartidos, es otra cosa. Pero, si la memoria no me engaña, al final de
la Segunda Guerra Mundial, a cada alemán se le entregaron sesenta marcos, la
nueva moneda impuesta por los vencedores para reemplazar al viejo e
hiperinflado signo monetario anterior. Y
funcionó para llevar a las dos Alemania a los niveles acostumbrados de
producción empresarial, empleo cónsono con la situación fabril, y la
consecuente estabilidad monetaria.
¿Podrá
algo parecido ser la solución en Venezuela?
Eso sí, después del empujón inicial, tiene que acabarse el Tío Rico
repartiendo bonos por cualquier cosa…
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