El país
del absurdo
Humberto
Seijas Pittaluga
Hace
tiempo que no me tocaba caminar de noche por una calle caraqueña. La oscurana era impresionante. Solo las luces de los carros que pasaban
ayudaban a los peatones a evitar los numerosos huecos y la ausencia de tapas de
visita en la vía. No andaba por un
callejón del barrio El Chupulún, ni por los restos de Tacagua que debieron ser
demolidos pero que todavía están habitados por gente de aspecto fantasmal. No, iba por la avenida Teresa de la Parra, la
arteria principal de Santa Mónica, una urbanización de clase media (tirando
para baja últimamente). Me tocó hacerlo
porque mi carro estaba parqueado en el único estacionamiento que hay por allí,
a unas cinco cuadras. Enfrenté las
tinieblas con la incierta seguridad que da el conocimiento de que el señor
Glock iba al costado mío. Para hacer el
cuento corto, llegué al parqueadero sin problemas; en el camino me encontré con
personas que no tenían aspecto patibulario, era gente normal que iba a sus
casas, o a la panadería, o a lo que sea, pero a quienes le parece que esa
negrura es algo normal. Ni en el
pueblito hondureño más humilde; ni en ninguno de los caseríos del llano
colombiano, ni en Iquitos, en lo profundo de la Amazonía y sin conexión
terrestre con parte alguna he encontrado tanta ausencia de iluminación. Y recordé con dolor las brillantes noches
doradas que se divisan desde cualquiera de las colinas que rodean a San José de
Costa Rica, un país sin el petróleo nuestro, pero con gente mucho más laboriosa
y con gobernantes con más sentido cívico que cualquiera de los nuestros.
Al día
siguiente, al pasar de Santa Mónica a Los Chaguaramos, la escena no desmerecía
lo medio visto en la tenebrosidad de la noche anterior, solo que con la
claridad diurna la cosa era más patética.
Verdaderas montañas de bolsas de basura, despedazadas por los perros
realengos; calles rotas, sus brocales y aceras destruidos. El decaimiento de su ciudad capital es un
símbolo de lo que ha acontecido en todo el país. Unas autoridades que parecieran haber sido
hechas —todas— en el mismo molde de Jorgito Rodríguez: no se encargan de sus
atribuciones sino que consumen su tiempo en hostilizar a sus adversarios, en
buscar peleas con todo el mundo, en burlarse de la ciudadanía por los medios
que debiesen ser del Estado y no del partido en el poder, en sobarle los egos a
los tontos que todavía creen que “esto” es una revolución que los sacará de la
pobreza. Pobres ilusos encandilados por
la abusiva propaganda lava-cerebros y preocupados solo por la sobrevivencia a
niveles subsaharianos.
Un grueso
de la población turbada, ansiosa por obtener lo más elemental para el día a
día, no puede sentirse afligida por los verdaderos problemas de la nación: que,
por ejemplo, la misma Fiscalía General reconozca en su informe del año pasado
que el 99 por ciento de las denuncias por violaciones a los derechos humanos no
llegaron a la fase de juicio. Tampoco se
preocupan por algo que es más execrable: que por el contubernio entre el
Ejecutivo, Pdvsa y el Banco Central, este no entregue el informe que le Ley le
exige, que no se sepa nada (oficialmente) de las cuentas nacionales, de las
estadísticas que son esenciales para programar el desarrollo del país. Sí les abruma que, hoy,
el pago del condominio sea más alto que lo que pagaban de cuota por el
apartamento. Nada saben de que Provea predijo que a final de este año habrá diez
millones de pobres. Ni que por
conveniencia partidista —y porque le sale del forro al enano siniestro que
mangonea en la Asamblea Nacional— se decida que los diputados al Parlatino no
sean producto de unas elecciones sino de una urgencia partidaria que tiene la
banda enquistada en los poderes públicos.
Peor aún, que el CNE acepte esa decisión sin decir esta boca es
mía. Que solo la abra para informar que
—como son tan impolutas las cuatro jinetas que lo rigen— no va a haber
observación internacional en los próximos comicios, solo un sucedáneo bobo, un “acompañamiento” sin verdaderos poderes para
fiscalizar y monitorear el proceso, que no
tendrá capacidad para denunciar irregularidades y que estará compuesto por
cómplices del régimen que reciben sus pitanzas en la Unasur o la Alba.
Contra
ese estado de cosas es que hay que luchar.
Y para vencer hay que estar unidos.
Hay que vigilar para sobreponernos a las añagazas que invente el
régimen. Además, hay que evitar que por
las rendijas de unas candidaturas independientes se nos puede escapar el
triunfo. Algunos de los aspirantes “por
la libre” son personas muy meritorias y, por el contrario, la MUD asomó algunos
nombres que chillan. Por ejemplo: yo
creo que Gómez Sigala ha sido uno de los diputados que le ha dado más lustre a
la actual legislatura. Y no creo que
Ismael García sea de confiar, para nada.
Tránsfuga es tránsfuga, no importa si salta para nuestro lado. Pero estamos en una coyuntura en la que, como
dice Pero Grullo, “hay que arar con los bueyes que se tienen”. Ante esas “alternativas” no debemos responder con abstención, sino con
voto masivo y con la tarjeta de la MUD, así haya que sufragar con un
pañuelo en la nariz. Solo votando en masa, y unidos, podremos prevalecer
contra este régimen maula. Después,
podremos dirimir las diferencias internas.
Pero después…

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