viernes, 16 de agosto de 2013

COLUMNA DE ANTONIO ECARRI BOLÍVAR.

La impertinencia de la Constituyente
Antonio Ecarri Bolívar
Si los países desarrollados se cuidan de estar cambiando sus Cartas fundamentales, mientras los países más atrasados son los que se empeñan en estar promoviendo  reformas constitucionales con frecuencia, deberíamos entonces preguntarnos: ¿por qué ocurren estas conductas paralelas y contradictorias entre unos y otros?
          La respuesta es de Perogrullo, sin embargo vale la pena detenernos un poco para analizar esas conductas, habida cuenta de un empeño, digno de mejor causa, que ha empezado a circular profusamente en las redes sociales, donde algunos “iluminados” de buena o mala fe, andan promoviendo esta peregrina idea. Cuando decimos peregrina no es para descalificar la idea de partida, sino porque en ese ir y venir, digno de los viejos peregrinos, pueden enredan en la tesis a mucha gente y terminen, si no los prevenimos, trabajando para el enemigo como unos “chacumbeles“ de los nuevos tiempos.
          Los venezolanos hemos promulgado la bicoca de 26 constituciones en dos siglos y más de 92 actos de reformas y enmiendas a esas constituciones, mientras los Estados Unidos han mantenido desde el 17 de septiembre de 1787 una sola constitución y le han hecho 27 enmiendas, pero fíjense que la han hecho durante dos siglos y medio. En efecto produjeron once enmiendas en el siglo 18, sólo cuatro en el siglo 19 y doce en el siglo 20. Cuatro enmiendas, que fueron intentadas el siglo pasado, no pasaron por el filtro de la aprobación de los estados y se quedaron en el tintero. ¿Alguien pude dudar de la fortaleza y la estabilidad de las instituciones norteamericanas? Ojalá pudiéramos decir lo mismo de las nuestras.
          La más longeva de nuestras Constituciones fue la aprobada en el año 1.961, votada por la unanimidad de las fuerzas políticas que participaban en nuestro recién estrenado parlamento democrático. Por ella votó hasta el Partido Comunista, el que para el momento, contradictoria y paradójicamente, estaba haciendo planes para subvertirla con la descocada idea de la lucha armada contra la naciente democracia, pero… la aprobó. Por ello estuvo vigente y permitió la estabilidad institucional, a prueba de balas, (literalmente hablando) durante 40 largos años de paz y democracia auténtica.
Es que para garantizar la durabilidad de una Constitución es necesario reunir un gran consenso a su alrededor, porque hacer como el chavismo en el año 99, donde una minoría se la impuso a la mayoría de los ciudadanos que no la votó es condenarla, ab initio, a una vida efímera. En efecto, el año 1999 cuando se promulgó la actual Constitución se abstuvo más del 80% de los electores y salieron electos a la Constituyente sólo cinco diputados de la oposición por un truculento procedimiento que permitió al oficialismo ocupar más del 90% de las curules. Toda una añagaza electorera que, a la postre, le ha causado un daño terrible a la institucionalidad y a la estabilidad del Estado venezolano.
Convocar una Constituyente por el hecho, futuro e incierto, de que ganemos ampliamente las elecciones municipales, es pretender desconocer que los perdedores también son ciudadanos venezolanos que deben opinar sobre las nuevas instituciones que se pretenden consagrar en ese nuevo instrumento constitucional; además ¿estaremos todos los integrantes de esta variopinta (a Dios gracias) alternativa democrática, de acuerdo con esas reformas a nuestra carta magna? Y la pregunta definitiva de las ochenta y ocho mil lochas: ¿y si perdemos la votación para escoger los representantes a esa Constituyente y es el chavismo con su megalómana obsesión de instaurar un régimen hegemónico el que resulta triunfador, no sería una soga en el cuello de los demócratas de toda Venezuela?
No escapa a nuestro entendimiento que este tema aún no ha sido abordado, oficialmente, en la MUD; pero como han opinado libremente, a favor de esa tesis, algunos connotados miembros de la misma, nos hemos sentido con el derecho democrático de expresar algunas consideraciones en contra, que profundizaríamos si se abre ese debate en los próximos tiempos. Esperemos y estudiemos, más bien, otras alternativas para quitarnos de encima esta pesadilla, pero con sensatez y sentido común que, a veces, es el menos común de los sentidos.    

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