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Posdiálogo, como lo
veo yo
Humberto Seijas
Pittaluga
Primero. Si algo tiene que
tener claro todo el mundo, después del encuentro de hace algunos días entre el
régimen y una parte de quienes se le oponen es que este lo que busca es poner
en escena una estratagema bifronte muy frecuente en los rojos: por un lado, intentar
correr la arruga hasta que el transcurrir del tiempo les permita regresar sobre
sus pasos y seguir en su empecinamiento de llevar a los venezolanos a un
socialismo real (pero disfrazado a la moda del siglo XXI) a pesar de que
abundan los ejemplos de que esa vaina no funciona; y, por el otro, tratar de
lavarse la cara y las manos ante la escena internacional: “¿Se fijan?, nosotros
haciendo todo lo posible para fomentar, con el diálogo, la paz en nuestra
patria y ellos, cuerda de malagradecidos, empecinados en tirar la burra pa’l
monte”. Pero la jugada fue descubierta
por tirios y troyanos desde el mismo “vamos a darle”.
Señales de eso abundaron: la
ventaja de estar 13 a 11 en la mesa, el abuso discursivo del nortesantandereano
al usar una hora del tiempo para repetir sus mentecateces de siempre, la
“viveza” del vice al emplear su posición como moderador para tratar de
enmendarles la plana a los dirigentes de la oposición. Pero, por sobre todo, la selección de una
media docena de pendencieros habituales que sufren de escaras mentales para
conformar su delegación es signo claro de que no se quiere llegar a ninguna
parte. Cómo será de cierto que, en
comparación, Jaua, el más rojo de todos ellos, pareció un hábil diplomático. Ni Ojitos Lindos, ni la Eckaut, ni Jorgito,
ni Aristóbulo tenían lugar en esa mesa si lo que se buscaba era solucionar el statu quo. Queda la duda, claro, si fue que estos se le
impusieron a quien detenta la presidencia.
Mención aparte merece el tupamaro; ese impresentable estaba más fuera de
lugar que un que un chorizo en una
ensalada de frutas. Porque no tenía nada que aportar, ni la moral
para hablar de avenencia y conciliación, ni —mucho menos— sugerir un Nobel de
la paz para quien desde muy antiguo lo que ha hecho es buscar pendencia.
Segundo. Faltaron materias
en la agenda. Menciono dos solamente.
En principio, es urgente que
se converse sobre la injerencia indebida de cubanos en lugares claves de las
grandes y graves decisiones nacionales.
Mientras los cubiches sigan tomando las decisiones y ordenando en lo referido a identificación,
defensa, policía, registro y educación (por mencionar solo unos pocos) no
tendremos la tan cacareada soberanía.
Tengo muchos amigos de esa nacionalidad; unos que llegaron huidos en los
sesenta y otros que salieron recientemente aprovechándose de la nueva ley. Ellos tienen que entender que nosotros nos
sentimos ante los enviados por los Castro, como sus bisabuelos
mambises veían a los soldados españoles enviados por la metrópoli para agotar las
riquezas del país, someter a los naturales y mantener los obscenos privilegios
de los jerarcas colonizadores. Esa gente tiene que salir, y pronto,
para que Venezuela deje de ser una provincia más de Cuba, como Santa Clara o
Pinar del Río.
Luego —y tan importante como
el punto anterior— está lo de la necesidad de reinstitucionalizar a las Fuerzas
Armadas. En ese aspecto, me uno a Rocío
Sanmiguel y a otros para señalar que era primordial asomar, por lo menos, el tema
de la partidización que se ha hecho —contrariando, una vez más a la
Constitución— del estamento militar. Es
obsceno, por decir lo menos, el comportamiento de las personas que conforman
los altos mandos. De seguro que fueron
escogidos para esos cargos por eso precisamente: porque, de cara a sus
intereses individuales, necesitan demostrar personalidad de ciclista: por
arriba, cabeza gacha; por debajo, ¡pata con ellos!
¡Y cómo abundan! No tengo acceso al escalafón oficial, pero
los números que andan por ahí señalan que pasan de 1600 los generales y
almirantes activos. En mis tiempos,
12-14 de dos soles y 110-120 de uno bastábamos para mandar las Fuerzas Armadas.
Hoy son tantos que algunos, sin pena alguna, aceptan cargos que eran para
tenientes coroneles. Doy algunas
estadísticas, para comparar: Rusia, que tiene unos 150 millones de habitantes
—de los cuales, 1,2 millones son su pie de fuerza—, llega a 850 oficiales de
insignia; Estados Unidos, con más de 300 millones de habitantes y 1,3 millones
en contingente, no puede tener, por orden del Congreso —porque allá sí se le
pone checks and balances al
Ejecutivo— más de 877 estrellados (soleados, diríamos aquí) entre Ejército,
Armada, Fuerza Aérea y Marines. Con un añadido: por ley, los de cuatro
estrellas no pueden ser más de veinte. Y esos grados son temporales: duran
mientras la persona está en un cargo que exige ese rango; al salir de él —para
otro destino o para el retiro— regresan a las tres estrellas que tenían antes.
Alguien, con fortuna,
explicó que, antes, para ser general se tenía que tener currículo; y que ahora
pareciera que lo necesario es tener prontuario.
En verdad, son varios los que han sido sindicados —dentro y fuera de
nuestras fronteras— como presuntos comitentes de delitos. El gobierno que deba reemplazar al régimen
actual tiene que tomar medidas muy serias en la despolitización del ente
armado. Los mandatarios actuales tampoco
debieran soslayar esa tarea y ser los que acometiesen esa tarea. Pero les da físico culillo…

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