COLUMNA
DEL GENERAL SEIJAS PITTALUGA.
Sesquipedalia
Lacrimosa
Humberto Seijas Pittaluga
Hace algunos días, el noticiero
nos trajo, la imagen, las palabras y los sollozos de una madre que, en la
puerta de la morgue, esperaba el cadáver de su hijo, otro asesinado más en la
espiral ascendente de violencia que amenaza con acabar con Venezuela. Narraba —con esa mezcla de impotencia, dolor
y rabia que ya es frecuente ver en otros deudos que hacen la misma dolorosa
cola delante del tanatorio— que se lo habían matado malamente (como si hubiese
otra manera de ser matado) para quitarle el dinero cuando regresaba al cerro
luego del trabajo; que era bueno y que no tenía vicios; que deja una hijita
recién nacida; que era quien la ayudaba para poder comer y vivir. Las lágrimas que le corrían abundantemente a
la doliente, me hicieron recordar unos versos de “La
Dolorosa”, una zarzuela de José Serrano.
Son aquellos en los que, Rafael, el protagonista narra acerca de otra
madre, la Virgen María, que va hacia el lugar donde se encuentra su hijo
muerto: “Por un sendero solitario, la Virgen
Madre sube. Camina, y en su cara morena —flor de azucena que ha perdido el
color—, y en su pecho lacerado, se han clavado las espinas del dolor. Su cuerpo vacilante se dobla al peso de la
pena, pero sigue adelante (…) Mujer y madre, de todo el mundo lo más sagrado
(…) Y llora su callado tormento por un lamento que no puede vencer. Es el grito desgarrado, arrancado a su parte
de mujer…”
Las imágenes
de la televisión y la descripción que hace Rafael de María subiendo hacia el
Calvario me pusieron el alma chiquitica porque sufrir la tragedia de perder un hijo
—Dios me libre— debe ser el dolor superlativo.
Eso es lo que me han hecho saber, más de una vez, las madres de entre mi
familia y mis amistades que han sufrido esa calamidad. El estado de ánimo en el que estaba me llevó
a poner la “Misa de Requiem” de Verdi en el tocadiscos. Lo que buscaba, aparte de recobrar la calma
emocional que se me había alterado, era dedicarle a la llorosa madre una de las
partes, la “Lacrimosa”, para que
llegue a entender que Dios, como es justo, ha de complacer la plegaria “Huic ergo parce,
Deus, pie Jesu Domine, dona eis requiem” (Así que ten piedad, Dios, con él; compasivo Señor
Jesús, otórgale el descanso) y ya lo tenga en Su seno.
Pero también quisiera que para
con los asesinos —y especialmente para con quienes han dejado que el estado de
cosas relacionadas con la inseguridad haya llegado a esta deplorable situación— el Señor cumpla con lo que sigue más
adelante en el “Dies iræ”: Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus, cuncta stricte discussurus!” (¡Cuánto terror habrá en el futuro cuando el
juez venga a juzgar todo estrictamente!)
Porque no pueden irse lisos a gozar en islas paradisíacas de sus
fortunas mal habidas —ya que irse para Cuba, a sufrir peores estrecheces que
las que sobrellevamos aquí, no está entre sus planes; ¡ni locos que
fueran! Tienen que pagar su
insensibilidad ante las lágrimas de miles y miles de madres, sus latrocinios
que hicieron que tantos y tantos venezolanos hubiesen tenido que meterse a
malandros y asesinos porque nunca fueron instruidos en el trabajo y el civismo;
su ineptitud criminal, que no los dejó
implementar no uno solo de los más de veinte “planes de seguridad” que
ofrecieron.
Todos le estamos debiendo una
muerte a Dios, según explica uno de los personales shakesperianos; pero uno
debe pagar cuando le toca, no cuando un malandro —aprovechándose de la incuria
oficialista— decida. Que fue lo que le pasó
al humilde muchacho del barrio que yacía entre muchos otros en Bello
Monte. En todo caso, no está de más que
recemos —ahora no en provecho de la madre ni del muchacho, sino en el nuestro —
otro pedacito del “Réquiem”: “Ingemisco
Ingemisco tanquam reus; culpa rubet vultus meus; supplicanti parce, Deus”.
(Gimo, gimo como pecador; la culpabilidad me hace enrojecer la cara;
suplicante te ruego, sálvame, Dios).
No solo Verdi compuso una
magnífica misa de difuntos; otros
músicos notables —vienen a mi mente Mozart
y Berlioz— también nos regalaron hermosísimas composiciones en ese
estilo. Casi todas tienen en común la
letra; porque se apegaron estrictamente a los textos de la liturgia católica
para ese tipo de conmemoraciones. Una
excepción fue Brahms; en su “Réquiem Alemán” dejo de lado la tradición ritual y empleó
solo contenidos del Nuevo Testamento. Lo
que quería era no tanto expresar duelo, manifestar dolor de haber pecado y
hacer solicitudes del perdón sino
llevarle consuelo a los dolientes. Las
frases que a mí me dan más aliento son
las que saca de la Primera Epístola de Pablo a los Corintios: “…cuando este
cuerpo mortal haya sido revestido de inmortalidad, se cumplirá la palabra que
está escrita: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh
muerte, tu aguijón? ¿do, oh sepulcro, tu triunfo?”

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