COLUMNA DE ANTONIO ECARRI BOLÍVAR.
La mentira convertida en
política de Estado
Que un dirigente político, estando
en el gobierno o en la oposición, diga alguna vez una mentira es un hecho
deleznable, porque quienes están en el oficio de dirigir a otros seres humanos
se supone que lo hacen para orientar conductas hacia valores y principios
reñidos con la falsedad. Sin embargo esa conducta, lamentablemente, parece ser
una norma de conducta bastante generalizada, aunque a veces pudieran ser tales
engañifas tan intrascendentes, que si no producen consecuencias inmediatas que
lamentar la gente termina por asumir que se trata de artilugios del oficio, por
lo que ser mentiroso y ser político, sobre todo en Iberoamérica,, la gente lo
asocia como sinónimos inseparables.
Ahora bien, si la mentira de un
político o de cualquier hombre público causa irritación y acerbas críticas,
todas muy justas y razonables, imagínense ustedes amigos lectores si esa
mentira se convierte, por los gobernantes de turno de cualquier nación, por
atrasada que ésta sea, en una sistemática y permanente política de Estado... es
como para salir corriendo de ese país.
Dicho todo lo anterior, es
espeluznante lo que en nuestro país está ocurriendo en pleno siglo XXI. En
efecto, en los últimos quince años, este gobierno integrado por más o menos los
mismos personajes que llegaron a Miraflores de la mano de Hugo Chávez, y
con él a la cabeza, han asumido que la mentira es la mejor política para
conservar el poder, con la creencia generalizada que éste es un país de idiotas
que se van a creer el embuste más estrafalario que se le ocurra algún capitoste
del régimen.
Job Pim, ese maravillosos humorista
y escritor venezolano de comienzos del siglo pasado, solía afirmar que los
venezolanos eran de dos tipos: unos avispados y otros un poco más vivos, pero
que idiotas o bobos no existían porque se morían chiquitos.
Todo esto viene a cuento, porque uno
no se cansa de asombrar ante tanta mentira, tanta falacia y medias verdades
proferidas, de manera permanente y sistemática, por los más altos personeros
del régimen sin que un rubor, un sonrojo, les aparezca por alguna parte de su
cínico rostro.
Cuando hay un apagón, que los hay
todos los días en cualquier parte de nuestro extenso territorio, resulta que no
es porque el gobierno tenga alguna responsabilidad por haber dejado de
invertir, durante quince años, en generación y mantenimiento de las redes
eléctricas, sino porque un animal travieso e inoportuno (llámese iguana,
rabipelao o hasta el más inofensivo minino) se lanza, como suicida desesperado,
sobre algún transformador o línea de alta tensión; o bien, se trata de la
oposición saboteadora, en contubernio con la CIA, el FBI, el Pentágono y los
boys scouts, los que produjeron el indeseable acto criminal.
Ahora, si de lo que se trata es de
iniciar una lucha (de mentira también, of course) contra la corrupción que
carcome los cimientos del Estado venezolano, es menester que el Parlamento le
endose y delegue sus facultades legislativas al Ejecutivo para que, de esta
manera, se pueda acometer tan loable propósito. Ah, pero hete aquí, que si la
oposición niega su voto a tan “altruista” requerimiento, es porque está
comprometida con esos hechos dolosos provenientes del latrocinio de la cosa
pública, sin tener capacidad ni responsabilidad en el manejo de las grandes
finanzas del Estado.
Ahora bien, resulta que toda la
corrupción, o gran parte de ella se comete todos los días en las mismísimas
narices del Primer Magistrado, sin que él llegue a enterarse. Por ejemplo, el
Banco Central recibe millones de dólares diarios provenientes de la venta del
petróleo, vía Pdvsa y lo administra esta Corporación, conjuntamente, con la
Tesorería Nacional que los trasiega hacia destinos harto conocidos por todo el
alto gobierno; y, además, se compran a Bs. 6.30 cada dólar y se venden en el
mercado innombrable por Bs. 42 y resulta que esto no es un acto de corrupción
oficial, sino que se trata de una conspiración financiera de la CIA y sus
aliados de la banca privada (la que no está en conchupancia con el régimen, por
supuesto) para desangrar a Venezuela. Si el Presidente no sabe quiénes se
enriquecen, brutal y escandalosamente, todos los días con ese procedimiento, es
como para hacerle un profundo análisis mental que contradiga la convicción de
Job Pim, porque habríamos encontrado al venezolano que es idiota sin haberse
muerto cuando chiquito.
Estas son dos mentiras concurrentes
que se ponen de relieve cuando, para cerrar el círculo de la mentira elevada a
política de Estado, se acaba de informar, por parte del inefable Presidente de
Pdvsa, que la voladura de Amuay está demostrado (sin pruebas ni culpables o
responsables presos) que fue producto de un saboteo de la oposición y, por
ende, el Ministerio Público debe abrirle un proceso penal a los líderes de ese
sector. Ah, pero resulta que se les derrumba toda la pretensa y falaz denuncia,
porque los dirigentes sindicales chavistas de Amuay dicen que ellos no son
saboteadores y mucho menos de oposición. En igual sentido se pronunciaron los
guardias nacionales que custodian la refinería y cuanto policía medra por esos
pagos, ninguno de los cuales milita en la oposición.
Con tales precedentes, queremos
rogarle encarecidamente al Presidente, a sus ministros, gobernadores y
cuanto bicho de uña detente algún cargo de importancia en la administración
pública, por el amor de Dios, no dejen que el pajarito que le musita por lo
bajo al señor Maduro los aconseje, porque los venezolanos no creemos ni en esos
pájaros... ni mucho menos los que se encuentren en cinta... así sea de una
estrella. Deberían más bien renunciar al embuste permanente, parodiando a
Andrés Eloy, como el perro que apaga sus amorosos bríos cuando hay un perro
grande que le enseña los dientes.
@EcarriB

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