COLUMNA
DEL GENERAL SEIJAS PITALUGA.
Una Constituyente no solucionaría…
Humberto Seijas Pittaluga
Muchas cosas no me gustan de la Constitución vigente,
empezando por el nombre. Pero, sobre
todo, dos aspectos de ella me son especialmente chocantes: el infame español en
el que está escrita y las excesivas competencias que se le conceden a la
Presidencia de la República. Me
tranquiliza que bastante critiqué ambas cosas en mis escritos desde el momento
en que conocí el primer borrador. Y me
mantengo en eso hasta el día de hoy. Que
no soluciona nada, pero que me ayuda a disolver la rabia con “a” que me da.
Lo primero —aunque lo reconozco como meramente adjetivo—
lo perpetraron (empleo bien el verbo) los kinotuyentes para intentar ganarse la
buena voluntad de unas cuantas feministas —que, son de lo menos femenino que yo
haya visto. Así se llegó a un lenguaje
que intentaba ser anti-sexista pero que resultó hermafrodita y hasta con visos
marimachistas. La resultante es un texto
fastidioso para estudiar, incómodo para entender y a contramano del buen decir. Tanto que critican al imperio y hasta en esa
zoncería anti-machista lo imitan. En
todas las lenguas romances existe la posibilidad de referirse a colectivos
mixtos a través del género gramatical masculino. Pero eso, que es normal en español, catalán,
portugués, francés e italiano (me imagino que en rumano, también), pareciera
ofender a algunas que no les gustan “los miembros” y prefieren “las miembras”.
Lo segundo —que es sustantivo y por tanto fundamental—,
es lo referido al exceso de competencias que se le autoriza al Ejecutivo
Nacional. Y que desde el mismo primer
día de vigencia, Elke Tekonté creyó que eran prerrogativas imperiales que se le
concedían. Quien le sigue —y que es tan
estulto que hasta de “millonas” habla— sigue por el mismo cauce. La única diferencia con su papá barinés
—porque parece que tiene otros dos: uno cubano y otro colombiano— es que no
está en la posibilidad de dictar leyes a la medida por la vía habilitante. Pero, ¡para lo que le importa!; sigue
teniendo las mismas áulicas (aquí sí hay que hacer énfasis en el género) en los
mismos poderes públicos que tenía el de
cuius. Las cuales se encargarán de convertir en trajes a la medida lo que
no pasa de ser prêt-à-porter.
Vistos los muchos abusos que —pertrechados con esas
facultades absolutas que se le concedieron al Ejecutivo— han sido cometidos a
lo largo de estos horribles quince años (tres presidencias de las de antes, que
no se nos olvide), algunas personas bienintencionadas han llegado a la
conclusión de que lo que hay que hacer es arrancar desde cero nuevamente. Y que, por tanto, hay que convocar a una
Asamblea Constituyente.
Les confieso que a eso, yo le tengo mucho miedo;
probablemente, eso no sirva sino para "tirar la burra pa'l
monte". Por varias razones que
quedarán patentes si nos tomamos la molestia de recordar el pasado reciente y
rememorar cómo se configuró la Constituyente del 99. En esa oportunidad, el régimen que la
auspiciaba olvidó, voluntariamente, que una Constitución es un pacto que debe
armonizar las diferentes formas de pensar de una comunidad y, por tanto, que
facilite su aceptación de buen grado por la mayoría. Para el logro de sus fines furtivos e imponer
una visión sesgada de país, cocinaron un sistema por el cual, con el 52 por
ciento de los votos, se apropiaron de casi todos los escaños, dejando solo seis
para los que pensaran diferente. El
texto resultante no fue más radical porque entre esos seis había más lucidez en
lo que a filosofía del derecho y a derecho constitucional se refiere que en la
sumatoria de todas las mentes de los demás asambleístas. ¿Quién puede dudar que con todo el dinero que
tienen los gobierneros —que ya sabemos de sobra que emplean sin escrúpulos para
obtener ventajas políticas— y con el hambre y la miseria que han sembrado en las
masas, lo que las hace más proclives a ser compradas, no vayan a repetir la
jugada del 99? Pero en esta oportunidad,
ampliada y perfeccionada con la asesoría de sus colonizadores cubanos…
Abrir un
proceso constituyente, además de erizar más a los dos sectores en que está
dividida la nación, serviría para conferirle una cierta estabilidad al
tambaleante Mientras-tanto, quien se beneficiaría de la distracción creada pues
le permitiría escurrir el bulto en lo que a las incapacidades, ladronismos y
escaseces que lo minan y que no sabe resolver.
Y, “más piol”, pudiera darles alas a los rojos más radicales para tirar
por la borda el disfraz de demócratas con el que se revisten y llevarnos, de
una, al “paraíso cubano”…
A la
Constitución hay que hacerle cambios, pero mejor sería si se logra
paulatinamente, por medio de reformas progresivas. Al mismo tiempo —empleo palabras del padre
Ugalde en su escrito más
reciente— se debe
“eliminar el contrabando totalitario que se metió por vía de la
Habilitante”.
En todo
caso, y si creen que se debe seguir discutiendo el tema, mejor lo dejamos para
después del 8-D…

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