#Opinión:
Sesquipedalia
En contra de las alcabalas
Humberto
Seijas Pittaluga
Quienes me leyeron la semana pasada
saben que estuve en Colombia recientemente, visitando amigos y familiares que
tenía mucho tiempo sin ver por culpa, precisamente, de alguien que debiera
facilitar las relaciones bilaterales: el mofletudo nortesantandereano que se
inventó una guerra contra sus paisanos para mantener distraídos a los más
sencillos de mente. El viaje lo hice por
tierra y ya comenté el deterioro de la vía en el Táchira. Hay trechos en los que pareciera que uno va
por el lecho de un río: piedras sueltas y grava por montones. Además, la maleza se está comiendo el asfalto
de los bordes. Es entendible, sin
embargo: la gobernadora es de la oposición; por eso, no deben ser mucho los
fondos que reciba del poder central y centralizador. ¡Pero a ese estado le nombraron al inefable
Bernal como “protector”! Me imagino que
está muy ocupado ayudando a sus camaradas del ELN y de la disidencia de las
FARC y por eso no protege a quienes debiera: sus sufridos paisanos gochos.
Hoy quiero comentar algunas ocurrencias
del viaje de regreso. Principalmente, la
interminable sucesión de puestos de control (eso que en Venezuela denominamos
impropiamente “alcabalas”). Entre Ureña
y San Antonio, en un trecho de menos de quince kilómetros, encontré
cuatro. Innecesarias porque, por un
lado, la carretera corre paralela y a escasos metros del límite fronterizo y,
por el otro se eleva la infranqueable cordillera. En Peracal, subiendo hacia San Cristóbal, ha
existido un puesto de control desde antes del comienzo de la Guardia Nacional;
pero ese sí es necesario: está en un paso obligado, ineludible. ¡Pero es que ahora hay tres! El de siempre, de la Guardia, otro de la
Policía y otro del Ejército (que no sé qué pitos toca allí). A distancia visual los unos de los
otros. ¿Será que se rigen por la
propaganda aquella de la Gillette, la de: “si a la primera se le pasa, la
segunda la repasa”?
Algo parecido ocurre en La Pedrera,
con un agravante: los dos puntos, también a escasos metros el uno del otro, son
de la Guardia. Supongo que pusieron el
segundo por los vehículos que vienen de Guasdualito, que entran antes de la
bifurcación. Pero es que el guardia ve
que a uno lo pararon y lo revisaron en el primer punto, y vuelve a hacer una
idéntica revisión y las mismas preguntas
estúpidas (debo asegurarme de
comentar eso más adelante).
Pero el colmo es el trayecto del
estado Portuguesa. No sé dónde estudió
Administración Policial (si es que estudió) el comandante de esa zona. Porque decidió instalar alcabalas cada diez o
quince minutos ¡en una autopista!, la José Antonio Páez. Cuando me tocó estudiar esos asuntos, la
definición de autopista era: “carretera
con varios carriles para cada dirección, separados por una mediana, sin cruces
a nivel, con controles en sus accesos, y curvas muy amplias para permitir la
circulación a gran velocidad”. En esos
tiempos, las únicas que había en Venezuela eran la de Caracas-La Guaira y los
tramos Aragua-Carabobo de la Regional del Centro, pero todavía me acuerdo de la
definición. Resalto lo de “controles en
sus accesos” y “circulación a gran velocidad”.
Es lógico que los agentes del orden estén en los accesos para impedir
que entren en ella vehículos sin las luces completas, que hagan humo, o que constituyan
un peligro para la circulación; pero no cada 20-30 kilómetros del trayecto. Porque se reduce la velocidad. Cada una de las alcabalas, con sus
respectivos reductores de velocidad; los famosos “policías acostados” (algunos
de ellos, por lo voluminosos y altos, no son funcionarios rasos, deben ser
comisarios, por lo menos). Entre San
Cristóbal y el Campo de Carabobo hay, seguramente, unos doscientos de esos
fulanos reductores. Cada uno, con su
vendedor de café, frutas o golosinas.
Entonces, la razón para gastar ingentes dineros en hacer autopistas
queda desvirtuada: no se puede circular por ellas con la rapidez que las
justifican. Entre los obstáculos sobre
el pavimento y las autoridades que debieran estar buscando delincuentes en
otras partes y no entorpeciendo el avance de los viandantes, el viaje se hace
mucho más largo. Sin necesidad. Por aquello de “piensa mal y acertarás”, me
imagino que se ordenó instalar esos controles innecesarios para que los
funcionarios pudieran redondearse el magro sueldo que devengan con el ya popular
“matraqueo”.
¡Y las preguntas que se hacen allí! La más frecuente es: “¿para dónde va?”. Hagan la prueba, díganle que van para
Cuchijapón a visitar a la querida que tienen allá, o a Los Roques a pescar
bacalaos, o a Tumeremo para comprar una avioneta, o cualquier otra insensatez;
¡el funcionario que hizo la interrogante no tiene cómo corroborar la
información!
La última vez que viajé al exterior, un guardia
me pidió el pasaporte y el pase de abordar antes de permitirme el acceso al
área internacional. Se los di. Me preguntó lo de siempre: “¿Para dónde
va?”. Le contesté que tenía mi pase de
abordaje, que lo leyera. No le
gustó. Y me vino la segunda
interrogante: “¿Qué va a hacer allá?”.
Le dije: “Permítame que le conteste con otra pregunta: ¿eso a usted qué
le importa?”. ¡Más vale que no! Se puso como una tatacoa. Me ordenó que me pusiera a un lado y se puso a
despachar a los que venían más atrás de mí en la cola. Al final, me llamó y se puso a explicarme que
él había hecho un curso para descubrir si la persona estaba nerviosa porque
llevaba drogas y que, con sus preguntas, lograba descubrir traficantes. Le contesté: “Me hubiera dado esa explicación
hace media hora y hubiera satisfecho mi curiosidad. Y déjeme que le diga más. Cuando su papá no había nacido, ya yo estaba
ejerciendo en puntos de control, revisando personas y bienes —porque yo soy
guardia; con más años y gradación que usted, pero guardia—, y en esos tiempos,
nunca hice preguntas pendejas e indebidas”.
Le arranqué el pasaporte y el pase y franqueé la entrada antes de que me
pudiera revirar…

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